Feos, fuertes y formales.

Primero dejemos claro que los seres humanos nacemos machos o hembras como el resto de los mamíferos y de muchas otras especies animales. En nuestro caso denominamos “hombres” a los machos y “mujeres” a las hembras. Siendo así, uno nace mujer o nace hombre (sin hablar aquí de identidad sexual o identidad corporal), entonces, decirle a un niño: “Te tienes que hacer hombrecito”, es violencia pasiva.

Hombre nació, y de acuerdo a los periodos de la vida es niño, adolescente, adulto o anciano; pero hombre ya es.

Este detalle de tan poca importancia aparente y de una carga cultural que lo justifica, da origen a infinidad de casos de acoso en las escuelas, en casa y en la comunidad.

Los hombres se ven expuestos a agresiones cuando no son capaces de actuar como se supone que un hombre actúa. El “deber ser” es una lápida sobre los hombros de cualquiera. A un hombre se le desprecia cuando es menos hombre (o sea más mujer), la imposición viene por parte de ambos sexos y erróneamente se cree que nada más afecta a los homosexuales, pero no hay nada más alejado de la realidad.

Cuando se le niega a un individuo la posibilidad de ser como es se abre el camino a la depresión y otros trastornos asociados. Un niño a quien se le reprende por jugar con muñecas está viendo su lado paternal ser bulleado, por lo que no es de extrañar el desapego de muchos padres a sus hijos recién nacidos. Un niño a quien se le reprende por jugar con niñas y pasar tiempo con ellas es tachado de homosexual, por lo que tampoco es de extrañar su incapacidad de entender a las mujeres.

Sigan esa lógica de pensamiento y hallarán las raíces de la discriminación a las mujeres y a sus actividades, o sea, planchar no es de hombres.

Las generaciones en muchos países desarrollados van cambiando sus paradigmas y son bienvenidas las nuevas masculinidades; son hombres que exigen permisos de paternidad al nacer sus bebés, son aquellos que deciden permanecer en casa y encargarse del quehacer y de los hijos mientras la mujer trabaja, ellos se permiten ponerse crema, hacerse manicure, preocuparse por su apariencia física y no perder un ápice de hombría en el proceso.

Ese fenómeno está tardando mucho en darse en otros países y en nuestro México el trabajo es cuesta arriba. En la educación de los hijos los padres y las madres viven con los cánones de antes: “Si te pega se lo regresas”, “Los niños no lloran”, “Enséñale quién manda”, “No vayas a ser un dejado mandilón”, “¿Qué, ella te manda?”

El niño capaz de vivir a la altura de esas expectativas puede volverse un acosador; el niño incapaz de vivir a la altura de esas expectativas puede volverse una víctima.

Entre esos dos extremos viene toda la gama de chicos que se encuentran en una escuela y aunque ninguna de dichas características va a determinar de forma causal el comportamiento futuro de esos individuos, sí aumentan las probabilidades de mantenerse como acosadores o víctimas durante el resto de las etapas de la vida.

Para los padres de familia que su niño sea víctima es muy difícil de manejar, los confronta con su definición de hombre y con la carga social de quienes comparten esa definición. Es mucho más sencillo admitir que el hijo es un bully, porque no es ningún dejado o porque es un fregón, que aceptar al hijo como víctima en un rol asociado al fracaso y a lo femenino (ni lo mande dios).

El hombre necesita escapar de esa carga de violencia con la que debe vivir. En el intervalo entre los roles: acosador-víctima está el punto adecuado y no es un hombre afeminado, es por el contrario un hombre asertivo capaz de asumirse como tal sin sentir el peso de cumplir con las regulaciones establecidas para su sexo por la sociedad. Si lo necesita se sabe defender, si quiere puede llevarse con sus amigos y jugar a las luchas, puede practicar cualquier deporte, se puede peinar como se le da la gana y es capaz de establecer relaciones asertivas con hombres y mujeres. Un niño que estudia ballet no se va a hacer gay, si decide ser amo de casa no es porque la mujer le pega, pero lo más importante es que si decide ser padre va a educar a sus hijos sin esos prejuicios y poco a poco erradicarlos de la sociedad.

Tu hijo varón ya es hombre, ahora permítele ser lo que él quiera.

Crédito de imagen.
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No aguantas nada.

El acoso anda suelto.

El acoso escolar es uno de los temas de discusión más importantes de esta década; eso si pensamos en México, otros países llevan más tiempo trabajando contra ese mal.

Las terribles masacres estudiantiles desatadas en los Estados Unidos a finales de los 90’s nos mostraron a todos que “molestar al amiguito” trae consecuencias fatales.

Todos hemos tenido alguna experiencia relacionada con el acoso en la escuela  en cualquiera de sus tres roles:

  • Víctima.
  • Victimario.
  • Testigo.

Esa triada ha acabado con la vida de miles, en la actualidad el “bullying” es considerado un problema de salud pública.

El ciclo del acoso escolar no deja títere con cabeza, hay un daño a la comunidad y a todos sus integrantes. La víctima se lleva la peor parte al ver su integridad vulnerada por sus iguales y las secuelas pueden durar toda la vida. El testigo está forzado a ver el ejercicio impune de la violencia sin poder hacer nada al respecto. El victimario se convierte en un adulto que va a repetir el patrón de agresión y de superioridad mal entendida a otras esferas de su vida, creando espacios para la violencia intrafamiliar y el acoso laboral.

¿Qué sí es acoso escolar?

Para determinar que la situación entre dos o más infantes representa “bullying” se requieren tres cosas.

Debe existir un desbalance de poder entre el victimario y su víctima; dicho desbalance no necesita ser físico, la sola percepción de superioridad es suficiente.

Hay intención de hacer daño. Se busca lastimar y destruir al otro, a quien se le considera un ser inferior merecedor de lo que le suceda.

Se da por un periodo de tiempo prolongado. El acoso puede durar ciclos escolares completos, eso es muy común en los niños con sobrepeso o con los homosexuales. (1).

Ejemplos de acoso en la escuela se remontan a siglos atrás, entonces ¿por qué hasta ahora se le combate?

La sociedad ha dado un vuelco muy importante en materia de derechos humanos, esa puerta abierta ha dejado salir demonios de todos tamaños.

Lo que está sucediendo es que por fin estamos poniendo atención a los daños. En los años 70’s, cuando yo cursaba la primaria, el acoso era un hecho imperturbable, había una condonación generalizada del abuso por parte de maestros y padres de familia, el “bullying” era un rito de iniciación.

Considero importante recalcar que no podemos comparar el sufrimiento de cada persona. El argumento de: “No te quejes, en otros lados están peor”, sirve de muy poco cuando el individuo experimenta dolor físico y emocional.

A ratos parece una competencia de: a ver quién sufre más; todos presumimos nuestras desgracias como más meritorias de compasión que las de otros. Con esa mentalidad, si a la niña le suben la falda en el salón es menos grave que si la golpean y de esa forma se hace legítimo el abuso al minimizar la agresión.

Presumir el sufrimiento es otro tipo de vanidad.

Photo credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/trixer/3531445744/”>trix0r</a&gt; via <a href=”https://visualhunt.com/”>Visualhunt.com</a&gt; / <a href=”http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/”>CC BY</a>
  1. Coloroso B. (2010). The Bully, the Bullied and the Bystander. From Preschool to High School- How Parents and Teachers Can Help Break the Cycle of Violence. Harper Collins e-books. US.