Violencia generalizada.

Tenemos mal entendida la frase popular: “Se hace la víctima”. Cuando se usa parece referir una conducta de vulnerabilidad simulada con el fin de obtener una ganancia. En esa premisa, la víctima solamente está actuando, exagerando su realidad para parecer indefensa. Desafortunadamente, eso ha sido usado por gente sin escrúpulos para explotar a sectores de la población quienes realmente se encuentran en situación vulnerable y son víctimas reales, o personas quienes sí se hacen pasar por víctimas y sacan algún tipo de beneficio.

Una víctima no elige su condición ni saca provecho de ella, minimizarla es una forma de normalizar la violencia; por ejemplo, cuando una mujer sufre abuso sexual por parte de su pareja es frecuente observar cómo se descalifica la agresión arguyendo que: la mujer se lo buscó, no tiene de qué quejarse porque la mantienen, así son los hombres e incluso, que en realidad le gustó y sólo busca evitar ser juzgada por su conducta sexual (“Bien que le gusta, pero ahí anda de chillona”).

Ahora bien, sí hay personas viviendo el rol de víctimas. En ellas se perpetúan conductas que derivan en malas decisiones. Es gente a quien “todo le sale mal” o “tiene al mundo en su contra”, hablamos de un problema conductual, no de aquellos quienes padecen algún trastorno mental que les haga más difícil su interacción social, personal y laboral. A estos pacientes se les puede ver inmersos en relaciones de abuso a consecuencia de su enfermedad o cometer abusos derivados de esta misma condición.

El común denominador que yo encuentro en todos los casos descritos, es que se debe atacar el origen del problema para solucionar la situación de la víctima. Es imperioso dejar de justificar los actos violentos. Las evidencias apuntan, de manera muy clara, a las graves consecuencias derivadas de las conductas agresivas, por ello, se debe trabajar en la erradicación de todo tipo de violencia. La sociedad perdona y alienta maltratos y abusos en distintas áreas, siendo el núcleo familiar donde más ejemplos podemos encontrar de ello.

Los gobiernos también tienen enormes cantidades de acciones violentas contra otros países y contra su propia gente. Una nación en pro de la guerra obtiene ganancias territoriales, venta de armamento, recursos naturales y posicionamiento político.

El fervor bélico de los humanos ha glorificado actos terribles llenándolos de héroes, batallas memorables y premia a quienes sirven a la patria en su defensa. De esa forma ocultan las atrocidades cometidas por esos mismos héroes. Ahora es común enterarnos de actos de nobleza por parte de los soldados cuando rescatan a algún perro o gato de los campos de batalla y, sin menospreciarlos, esos mismos soldados siguen órdenes para acabar con las vidas de seres humanos a quienes no les dan ni un ápice de esa compasión. En el asunto de las guerras todos tenemos las manos sucias de una forma u otra.

Etiquetar a alguien como enemigo, simplifica la justificación de actos violentos en su contra y se gana cuando se le destruye. Pero, si se llevan estos mismos comportamientos al seno de la familia, entender la ganancia de un hombre que golpea a su mujer y a sus hijos es más complejo. Para tratar de comprenderlo debemos profundizar más en la lucha del poder. Un hombre violento obtiene poder en la medida que dicha violencia aumenta, ese poder es un reforzamiento positivo porque al final, obtiene lo que desea de su familia y se hace de una reputación con sus amigos. Ese ejercicio indebido del poder normalmente se da en cadena, el todopoderoso es prácticamente inexistente, y hablando de todopoderosos, nadie tan violento como los dioses de la religión que se les ocurra.

La línea de agresión en la familia se hereda de padres a hijos y aunque es más común tener hombres violentos en casa, las mujeres también pueden agredir a sus hijos o a sus parejas con la misma vehemencia. La violencia en la familia se mantiene a sí misma, quienes son víctimas repiten el patrón al formar otros núcleos familiares o bien, se convierten en los agresores. Ahí también encontramos el nacimiento de muchos de los casos de abuso escolar.

Como especie hemos sido portadores de violencia a todos los seres vivos y al planeta mismo. Los actos de crueldad contra los animales van desde la maldad pura, hasta la experimentación en pro de la ciencia. La contaminación y explotación de los recursos de la Tierra va más allá de poder de recuperación de la misma.

Debemos darnos cuenta como todos esos actos son variantes de conductas violentas, el desequilibrio es ya muy importante, tanto que la posibilidad de una vida digna para millones de seres vivos en el mundo es inalcanzable en el mediano plazo; sobre todo porque para conseguirlo, quienes lo tienen todo deben renunciar a sus excesos para redefinir el concepto de bienestar y redistribuirlo.

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La vida después de que se tira del gatillo.

Como padres de familia hay gran impotencia cuando nuestros hijos se ven envueltos en hechos violentos. Uno no desea verlos sufrir y mucho menos si se trata de un ataque como el vivido en la escuela de Monterrey o los cientos ocurridos en escuelas del vecino país del norte. El solo pensar en la posibilidad de que nuestros hijos pudieran morir o salir lastimados físicamente es una de las pesadillas de todos quienes somos padres.

Pero otra pesadilla, tal vez peor, es enterarnos de que fue uno de nuestros hijos o hijas quien llevó a cabo un acto de esa naturaleza.

Pensar que nuestro hijo es “malo” no viene en la programación diaria de nadie. Uno los educa de la mejor forma posible y dudo muchísimo que existan casos en donde los padres busquen, de forma consciente, tener un hijo capaz de matar a sus semejantes o de hacerse daño a sí mismos. El hecho es que sucede y enfrentarlo no es sencillo.

Es común para muchos progenitores ser llamados a la escuela porque el hijo o la hija acosa a los compañeros. Así ha sido desde hace siglos, la lucha de poder no tiene fecha de caducidad. La negación en los padres del agresor puede variar: “Mi hijo es incapaz”, “Sólo se estaba defendiendo”, “Así son los niños”, “¿Verdad que nada más estaban jugando?” Cuando los padres aceptan el hecho muchas veces no son capaces de poner un remedio y tan sólo una pequeña minoría consigue detener y corregir la conducta de forma adecuada; esto es sin recurrir a la violencia en casa.

Las cosas cambian cuando los hechos son de naturaleza criminal, o sea, susceptibles de ser juzgados por la ley, ahí no hay defensa que valga ni tolerancia por parte de la comunidad. Una vez realizado, la vida de víctimas y perpetradores cambia para siempre.

Los padres serán juzgados y declarados culpables por la mayor parte de la opinión pública; sea por una agresión a otros o una agresión personal, como en el caso del suicidio. Se pondrán en tela de juicio sus valores, la educación que dieron a su familia, sus antecedentes, gustos y así hasta las más mínimas faltas. Esto sucede por la dificultad de entender un ataque violento, la gente busca respuestas de forma inmediata para enterarse del porqué, pero más importante, para alejarse del espectro de la culpa y del escrutinio. En el fondo todos encontramos similitudes en la familia del agresor y tenemos miedo de que otros las encuentren también. No se puede culpar por ello a las personas, sin embargo, para los involucrados sólo complica la ya de por sí, imposible situación por la cual atraviesan.

Tuve el infortunio de ser partícipe de una de estas crisis escolares y les compartiré cómo viví esa situación como madre.

Un joven muy querido por la comunidad escolar y en particular por mi familia, intentó quitarse la vida en la prepa donde estudiaba una de mis hijas. Ella fue testigo de cómo lo sacaron en camilla del salón totalmente ensangrentado justo cuando sus padres llegaban al colegio a enterarse de lo sucedido. A mí me llamó por teléfono y nada más me dijo que las clases se habían suspendido y me pidió ir por ella a casa de un compañero. Cuando iba de camino, recibí una llamada de una amiga para preguntarme si mi hija estaba bien y de si ya me había enterado de la balacera en su escuela. Recuerdo con claridad el escalofrío en todo el cuerpo y la confusión, ¿cómo que una balacera?, si yo justo acababa de hablar con mi hija y no me dijo nada. Colgué con mi amiga y le llame a su celular (en esa época no era tan glamoroso como hoy en día y dudé que me fuera a responder), cuando contestó le pregunté lo que en realidad había pasado y sólo me pudo decir el nombre de su amigo involucrado.

Llegué por ella, la encontré en estado de shock, entre ella y un amigo me pudieron decir el nombre del hospital donde se encontraba y nos fuimos para allá.

Con muy pocos detalles entramos y me encontré con la mamá de este chico; nos dimos un abrazo en el que yo traté de hacerle sentir mi cariño y comprensión, pero nada más la sentí deshacerse de dolor.

En la sala de espera del muy escueto y rudimentario hospital, nos encontramos sentados en dos grupos; de un lado los compañeros de la escuela y por otro lado las mamás y papás. Lo único que supimos en ese momento fue que el chico había intentado suicidarse en un salón vacío, se disparó en la boca con una pistola calibre .45mm y estaba en el quirófano luchando por su vida; el arma era de su padre.

La pregunta de todos los presentes era la misma: “¿Por qué un chico tan estudioso, talentoso y amable haría algo así?” En ese momento era imposible saber nada y lo único por hacer era quedarse ahí, en silencio, siendo testigos del dolor de una familia y dando gracias por no estar en sus zapatos.

En mi caso tuve que ayudar a mi hija a salir del shock en el que se encontraba, desarrolló Síndrome de Estrés Post Traumático y fueron muchos meses de trabajo continuo y de repercusiones importantes en su vida. Al final, ella salió adelante afortunadamente. Con el paso de los días la magnitud y las causas del evento se hicieron más claras. Al chico le encontraron en su casillero muchos cartuchos útiles y algunas jeringas con heroína. Fue dolorosísimo para mí enterarme de eso y sentir que no pude darme cuenta antes para tratar de hacer algo para evitarlo.

Se especuló, por parte de la policía, que este muchacho habría planeado un ataque a sus compañeros y al arrepentirse decidió quitarse la vida. Eso no se va a saber nunca y prefiero pensar que no era esa la razón por la cual lo hizo.

La escuela ofreció todo el apoyo psicológico y se tuvieron muchas juntas con el director para expresar nuestro dolor y nuestras opiniones. Se discutió la propuesta de revisar las mochilas de los alumnos al entrar al colegio y se alzaron voces a favor y en contra. Preservar la privacidad es un asunto muy delicado, aun si se trata de evitar actos como este. Al final se votó por instalar cámaras de seguridad en los pasillos y en el área de casilleros, todos nos comprometimos a estar vigilantes y atentos de nuestros hijos e hijas, ayudarlos y fomentar la comunicación entre nosotros.

Los alumnos se organizaron para establecer una cadena de comunicación anónima para reportar a chicos con cambios en su conducta, datos de depresión o de agresividad. El resultado fue positivo y se creó un vínculo poderoso entre todos ellos (debo aclarar que se trata de una comunidad escolar pequeña). Muchos chicos cambiaron sus actitudes de riesgo, algunos dejaron de tomar o de manejar rápido. Cada quien procesó el evento tratando de rescatarse después del dolor sufrido.

El joven sobrevivió después de más de 10 cirugías, más de 6 meses en coma y años de rehabilitación. No tiene recuerdo de lo sucedido y tristemente su capacidad física y mental quedó dañada. La vida de su familia cambió para siempre y en la actualidad viven con la tranquilidad de haber hecho y estar haciendo todo por la salud y bienestar de su hijo. Seguimos en contacto esporádico con su familia y con una lección aprendida de por vida.

Culpar a la familia por tener un arma no es justo, tampoco lo es no saber cuándo tu hijo consume drogas o si tiene algún trastorno mental; como dije al principio, los padres no esperamos que los hijos estén mal.

A veces los otros pueden saber esos detalles mejor que los mismos padres. En el caso que narro, uno de los compañeros sabía del consumo de estimulantes por parte de su amigo porque ya le había ofrecido para “mejorar la concentración”, pero, a pesar de comentarlo con su familia, no sintieron que fuera apropiado ir con el chisme con la mamá de este muchacho. Otros de sus compañeros lo notaron más exaltado que de costumbre una tarde antes y otros más habían leído un ensayo reciente en donde manifestaba ideas muy negativas nada propias de él. Nada de esto puede resultar relevante sino hasta después de una tragedia. Determinar si los actos de omisión de cada una de esas personas hubieran cambiado el destino es mucha especulación. Muchos van a quedarse con esa espinita clavada y es posible que los vuelva más sensibles ante futuras situaciones.

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“Lo vieron todo”. Los testigos también lloran.

Los sentidos nos relacionan con nuestro ambiente para constituir lo que serán nuestras experiencias. Muchas de ellas se almacenan en archivos de memoria para cada tipo de sensación: visual, auditiva, táctil, gustativa, olfativa.

No siempre somos conscientes de cuáles experiencias van a quedar en nuestra memoria y cuáles no. De eso nos damos cuenta al momento de evocarlas, es decir, cuando nos acordamos de ellas. Ahí tenemos el olor a algún guisado que nos recuerde nuestra infancia, la alegría de escuchar alguna melodía favorita, etc.

Dentro de este espectro de recuerdos hay algunos que entran en nuestro sistema de supervivencia al almacenarse como estímulos susceptibles de hacernos daño o de darnos protección. La exposición al calor excesivo en forma de una quemadura, no pasa por el mismo sistema del recuerdo que el olor del guisado. La instrucción de mover la mano al tocar un foco caliente va directo a nuestras neuronas motoras y funcionamos por reflejo; o sea, te quitas porque hay dolor y peligro.

En otro ejemplo tenemos las sensaciones que nos producen las películas y series de televisión. Son muy vívidas, casi reales y tocan el espectro de nuestras emociones para pasar a nuestros recuerdos y poder ser evocadas por sus características placenteras o aversivas. En el cine lloramos, nos emocionamos, reímos, suspiramos, sufrimos, nos aterramos, nos excitamos. Al salir de la película permanecen las impresiones de lo recién visto y podemos revivirlas con tan solo el recuerdo. El ejemplo es perfecto para entender cómo hay cosas que mejor hubiera sido no haber visto nunca; todos tenemos la película de terror o de guerra tan impactante que nos dejó sin dormir.

Cuando las malas experiencias son en la vida real, se puede generar un trauma. Ahora se ha oído mucho hablar del Síndrome de Estrés Post Trauma (SEPT o PTSD por sus siglas en inglés). La idea generalizada es que dicho síndrome ocurre después de vivir o presenciar cosas terribles como un asesinato, estar involucrado en un desastre natural, una guerra, un secuestro, una agresión sexual, etc., pero en ocasiones es resultado de algo mucho menos masivo.

De acuerdo con el DSM-V, que es el manual de psiquiatría más importante del mundo, el Síndrome de Estrés Post Trauma es: “el desarrollo de síntomas característicos posteriores a la exposición a uno o más eventos traumáticos… los síntomas pueden estar basados en el miedo y la repetición del evento, la depresión, la manía, e incluso los patrones de disociación que podríamos ver en una psicosis (1).

No hace falta que les ponga imágenes con las caras de cientos de niños sobrevivientes de una guerra mirando al vacío, pero si les digo que los mismos procesos ocurren en los niños que son testigos de acoso escolar tal vez no me crean.

Desafortunadamente es cierto, la triada del acoso escolar se compone de la víctima, el acosador y los testigos. De estos últimos hay varios tipos.

  • Testigos pasivos. Sólo observan la interacción sin intervenir, pueden estar a favor del acoso o no.
  • Testigos activos. Tratan de involucrarse defendiendo a la víctima durante la agresión, llamando a algún maestro o ayudando a la víctima después de la agresión.
  • Cómplices. Los cuales pueden ser también activos o pasivos dependiendo de si ayudan a llevar a cabo la agresión o si forman parte del grupo agresor, aunque en ese momento no tomen parte del acoso.

Aquellos quienes observan una agresión directa a un compañero buscan mecanismos para compensar el miedo y la ansiedad que les produce verse impotentes ante un hecho violento y arbitrario. Muchos querrán ser parte del grupo de los bullies para sentirse de lado “seguro” de la ecuación y evitar convertirse en un objetivo, otros van a interiorizar la agresión desarrollando sentimientos de desprecio hacia la víctima para justificar la violencia y aceptarla como algo que aquella persona se merecía. Algunos más sufrirán en silencio y vivirán con miedo a volverse una víctima de un momento a otro.

Los testigos activos son un porcentaje mucho menor; ellos son capaces de encarar al agresor y de esa forma permanecer en el lado de la realidad, al poder reconocer un acto de agresión como algo que no debe permitirse. De esa forma, los testigos activos pueden hacer algo al respecto imponiendo la justicia y el respeto ante el acoso.

De ahí la importancia de ayudar a los testigos a involucrarse cuando el acoso apenas empieza, es en ese punto cuando pueden hacer algo útil sin sentirse en riesgo de volverse víctimas o de tener que enfrentar a un enemigo portentoso.

Si tus hijos, amigos o hermanos te relatan una experiencia como testigos de acoso en la escuela, no la pases por alto, es el momento de ayudarle a sacar los sentimientos que tenga al respecto y apoyarlo para poder volverse un testigo activo y a no salir herido en el intento. Los testigos pasivos pueden volverse insensibles ante el dolor ajeno y las injusticias; no podemos permitir que eso siga sucediendo.

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Bibliografía.
  1. American Psychiatric Association: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition. Arlington, VA, American Psychiatric Association, 2013.

Reseña del libro: Bullying y Abuso Infantil. Escrito por Tere Vale.

 

El tema del acoso escolar se ha vuelto una preocupación para la sociedad en la mayor parte de los países; siendo un fenómeno cuya presencia data de siglos atrás no era sencillo pasar de la costumbre a la investigación y la prevención. Los hechos se volvieron cada vez más contundentes y mediáticos mostrando el lado más violento del acoso o bullying. En estos días la oferta de libros acerca del acoso escolar ha aumentado y se les puede encontrar en cualquier librería, sin embargo, no todos tratan el tema con la seriedad debida, es por eso que quiero recomendar ampliamente el trabajo de Tere Vale en este libro.

Lo primero que deseo destacar es el orden y la claridad con la que trata los temas; los capítulos son cortos concisos y abordan el ciclo completo del acoso y sus consecuencias. El lenguaje es claro y muy accesible, no hay terminología que no se explique y está centrado en la realidad mexicana.

Como profesional me gustó mucho la documentación que hizo para escribir el libro; cuenta con una sección bibliográfica extensa y verificable. Yo uso este texto para los cursos que desarrollo y para explicar a mis pacientes el tema del acoso.

Nos muestra el panorama legislativo relacionado con el acoso y la violencia infantil desde la Constitución hasta las leyes y reglamentos locales. Tiene una postura de género en donde presenta las diferencias entre la violencia ejercida por los hombres y las mujeres. Este último punto es esencial para el trabajo en las escuelas en materia de prevención y de manejo de los casos ya presentes en la institución.

Por si fuera poco, es un libro accesible en precio, de lectura sencilla y con información que va desde lo neurobiológico hasta lo social.

Se van a encontrar muchos otros libros de consulta dirigidos a los jóvenes, los padres y los maestros, he leído varios y me he encontrado con errores de aproximación al tema y con sugerencias vagas y simplonas sobre cómo evitar el acoso en carne propia o como ayudar a alguien quien sufre de acoso. En este sentido debo recalcar que no es un tema para tratar de manera superficial sin darle el peso específico tan importante y de consecuencias tan graves como las tiene el bullying.

En fin, espero puedan conseguir el libro, lo lean y les ayude a valorar, en su justa dimensión, la necesidad tan grande de contar con estrategias de prevención y manejo de este problema de salud al que se enfrenta la sociedad en su conjunto.

Aquí les dejo los datos:

Tere Vale. Bullying y Abuso Infantil, editorial Planeta; México 2016.

 

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Vale T. (2016). Bullying y Abuso Infantil. Ed. Planeta; México

Buenas, bonitas y virtuosas.

Tuve un maestro en la facultad quien dedicó una clase entera a explicarnos por qué las mujeres debíamos cuidar nuestra vida sexual premarital y los hombres no. Su argumento era simple, él opinaba que una mujer no debía de confiar en la promesa de los hombres de guardar el secreto después de haber consentido a una relación sexual, que el dicho de “Los caballeros no tenemos memoria” ya no aplicaba para esa época (me refiero a inicios de los 90’s). Peor aún, los hombres presumían sus conquistas entre ellos y la imagen de la mujer se veía perjudicada, porque para tener novia cualquiera estaba bien, pero para tener una esposa había que tener una mujer virtuosa (o sea virgen).

En esa época y habiendo sido educada con esos mismos parámetros la advertencia se me hizo de lo más razonable. Actualmente, cualquier jovencita universitaria se habría reído en su cara y hubiera defendido el derecho de equidad de género y la libertad que tiene de andar con cuantos se le dé la gana y tendría toda la razón. Esas mujeres deberán educar a sus hijos e hijas (si es que deciden tenerlos), en esa equidad y respeto, sólo así lograrán que esa lucha no deba seguir siendo peleada por las nuevas generaciones.

Así como ese ejemplo, las mujeres hemos luchado hasta por el derecho a ser consideradas seres humanos; estamos hablando de siglos de vejaciones y violencia en todos los ámbitos que comprende el término.

Cuando trasladamos esa noción de la mujer, como objeto y posesión del hombre, al terreno del acoso en las escuelas, nos encontramos con justificaciones para los celos, el cuidado del aspecto físico, los estándares de belleza y la “incapacidad” de hacer cosas “de hombres”. En fin, la mujer se tiene que dar a respetar y es culpable de las agresiones que sufre al no haber sabido hacerlo. Es su culpa si los compañeros del salón le pegan porque “anda de llevada”, si se junta con puros niños es normal que las niñas del salón la hagan a un lado porque es poco femenina, cuando está pasada de peso es porque no se sabe cuidar, si es agredida sexualmente es a consecuencia de una provocación de su parte. Al final las mujeres son vistas como un artículo para caballero y deben de mantenerse como ellos lo solicitan hasta ser desempaquetadas, también por ellos, para ser tratadas como se les dé la gana.

Siempre y cuando en el anaquel haya mujeres de todo tipo y para cada necesidad, el hombre va a estar contento. De ese modo puede poner en su carrito de compras: la novia, la esposa, la amante, la prostituta, la que siempre se deja, el segundo frente, la madre, la hermana, la trabajadora doméstica, la empleada, la hija, la abuela, la prima, etc. Para cada una de ellas tiene un manual y espera que cada mujer lo siga a la perfección sin siquiera habérselos dado a leer.

El camino a la equidad está repleto de tradiciones, mentiras, discriminación, misoginia, religión, telenovelas y ahora de “Ladies”. Nos falta mucho como sociedad para lograr una convivencia respetuosa entre mujeres y hombres, los esfuerzos de los grupos feministas son también catalogados de exagerados, liderados por mujeres inestables, locas, las cuales se deberían ir a sus casas a atender a sus familias y dejarse de esas cosas.

Yo estoy segura que debe haber posturas muy extremas entre las feministas y deberán moderarse, pero es tan profundo el abismo de las agresiones hacia las mujeres que hasta no ver subsanadas las prerrogativas básicas de ellas como individuos, no se va a poder determinar cuáles de dichas peticiones van de verdad en contra de los derechos de los hombres.

Como cierre a mi publicación anterior y a esta, quiero dejar claro que yo apoyo los derechos de los seres vivos por igual, porque de lo que se trata es de adaptarse a la realidad actual y permitir a las personas y los animales un desarrollo personal y social digno, que los acerque lo más posible al bienestar asequible.

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Feos, fuertes y formales.

Primero dejemos claro que los seres humanos nacemos machos o hembras como el resto de los mamíferos y de muchas otras especies animales. En nuestro caso denominamos “hombres” a los machos y “mujeres” a las hembras. Siendo así, uno nace mujer o nace hombre (sin hablar aquí de identidad sexual o identidad corporal), entonces, decirle a un niño: “Te tienes que hacer hombrecito”, es violencia pasiva.

Hombre nació, y de acuerdo a los periodos de la vida es niño, adolescente, adulto o anciano; pero hombre ya es.

Este detalle de tan poca importancia aparente y de una carga cultural que lo justifica, da origen a infinidad de casos de acoso en las escuelas, en casa y en la comunidad.

Los hombres se ven expuestos a agresiones cuando no son capaces de actuar como se supone que un hombre actúa. El “deber ser” es una lápida sobre los hombros de cualquiera. A un hombre se le desprecia cuando es menos hombre (o sea más mujer), la imposición viene por parte de ambos sexos y erróneamente se cree que nada más afecta a los homosexuales, pero no hay nada más alejado de la realidad.

Cuando se le niega a un individuo la posibilidad de ser como es se abre el camino a la depresión y otros trastornos asociados. Un niño a quien se le reprende por jugar con muñecas está viendo su lado paternal ser bulleado, por lo que no es de extrañar el desapego de muchos padres a sus hijos recién nacidos. Un niño a quien se le reprende por jugar con niñas y pasar tiempo con ellas es tachado de homosexual, por lo que tampoco es de extrañar su incapacidad de entender a las mujeres.

Sigan esa lógica de pensamiento y hallarán las raíces de la discriminación a las mujeres y a sus actividades, o sea, planchar no es de hombres.

Las generaciones en muchos países desarrollados van cambiando sus paradigmas y son bienvenidas las nuevas masculinidades; son hombres que exigen permisos de paternidad al nacer sus bebés, son aquellos que deciden permanecer en casa y encargarse del quehacer y de los hijos mientras la mujer trabaja, ellos se permiten ponerse crema, hacerse manicure, preocuparse por su apariencia física y no perder un ápice de hombría en el proceso.

Ese fenómeno está tardando mucho en darse en otros países y en nuestro México el trabajo es cuesta arriba. En la educación de los hijos los padres y las madres viven con los cánones de antes: “Si te pega se lo regresas”, “Los niños no lloran”, “Enséñale quién manda”, “No vayas a ser un dejado mandilón”, “¿Qué, ella te manda?”

El niño capaz de vivir a la altura de esas expectativas puede volverse un acosador; el niño incapaz de vivir a la altura de esas expectativas puede volverse una víctima.

Entre esos dos extremos viene toda la gama de chicos que se encuentran en una escuela y aunque ninguna de dichas características va a determinar de forma causal el comportamiento futuro de esos individuos, sí aumentan las probabilidades de mantenerse como acosadores o víctimas durante el resto de las etapas de la vida.

Para los padres de familia que su niño sea víctima es muy difícil de manejar, los confronta con su definición de hombre y con la carga social de quienes comparten esa definición. Es mucho más sencillo admitir que el hijo es un bully, porque no es ningún dejado o porque es un fregón, que aceptar al hijo como víctima en un rol asociado al fracaso y a lo femenino (ni lo mande dios).

El hombre necesita escapar de esa carga de violencia con la que debe vivir. En el intervalo entre los roles: acosador-víctima está el punto adecuado y no es un hombre afeminado, es por el contrario un hombre asertivo capaz de asumirse como tal sin sentir el peso de cumplir con las regulaciones establecidas para su sexo por la sociedad. Si lo necesita se sabe defender, si quiere puede llevarse con sus amigos y jugar a las luchas, puede practicar cualquier deporte, se puede peinar como se le da la gana y es capaz de establecer relaciones asertivas con hombres y mujeres. Un niño que estudia ballet no se va a hacer gay, si decide ser amo de casa no es porque la mujer le pega, pero lo más importante es que si decide ser padre va a educar a sus hijos sin esos prejuicios y poco a poco erradicarlos de la sociedad.

Tu hijo varón ya es hombre, ahora permítele ser lo que él quiera.

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No aguantas nada.

El acoso anda suelto.

El acoso escolar es uno de los temas de discusión más importantes de esta década; eso si pensamos en México, otros países llevan más tiempo trabajando contra ese mal.

Las terribles masacres estudiantiles desatadas en los Estados Unidos a finales de los 90’s nos mostraron a todos que “molestar al amiguito” trae consecuencias fatales.

Todos hemos tenido alguna experiencia relacionada con el acoso en la escuela  en cualquiera de sus tres roles:

  • Víctima.
  • Victimario.
  • Testigo.

Esa triada ha acabado con la vida de miles, en la actualidad el “bullying” es considerado un problema de salud pública.

El ciclo del acoso escolar no deja títere con cabeza, hay un daño a la comunidad y a todos sus integrantes. La víctima se lleva la peor parte al ver su integridad vulnerada por sus iguales y las secuelas pueden durar toda la vida. El testigo está forzado a ver el ejercicio impune de la violencia sin poder hacer nada al respecto. El victimario se convierte en un adulto que va a repetir el patrón de agresión y de superioridad mal entendida a otras esferas de su vida, creando espacios para la violencia intrafamiliar y el acoso laboral.

¿Qué sí es acoso escolar?

Para determinar que la situación entre dos o más infantes representa “bullying” se requieren tres cosas.

Debe existir un desbalance de poder entre el victimario y su víctima; dicho desbalance no necesita ser físico, la sola percepción de superioridad es suficiente.

Hay intención de hacer daño. Se busca lastimar y destruir al otro, a quien se le considera un ser inferior merecedor de lo que le suceda.

Se da por un periodo de tiempo prolongado. El acoso puede durar ciclos escolares completos, eso es muy común en los niños con sobrepeso o con los homosexuales. (1).

Ejemplos de acoso en la escuela se remontan a siglos atrás, entonces ¿por qué hasta ahora se le combate?

La sociedad ha dado un vuelco muy importante en materia de derechos humanos, esa puerta abierta ha dejado salir demonios de todos tamaños.

Lo que está sucediendo es que por fin estamos poniendo atención a los daños. En los años 70’s, cuando yo cursaba la primaria, el acoso era un hecho imperturbable, había una condonación generalizada del abuso por parte de maestros y padres de familia, el “bullying” era un rito de iniciación.

Considero importante recalcar que no podemos comparar el sufrimiento de cada persona. El argumento de: “No te quejes, en otros lados están peor”, sirve de muy poco cuando el individuo experimenta dolor físico y emocional.

A ratos parece una competencia de: a ver quién sufre más; todos presumimos nuestras desgracias como más meritorias de compasión que las de otros. Con esa mentalidad, si a la niña le suben la falda en el salón es menos grave que si la golpean y de esa forma se hace legítimo el abuso al minimizar la agresión.

Presumir el sufrimiento es otro tipo de vanidad.

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  1. Coloroso B. (2010). The Bully, the Bullied and the Bystander. From Preschool to High School- How Parents and Teachers Can Help Break the Cycle of Violence. Harper Collins e-books. US.