¿Qué onda güey? Los apodos.

“Nada más es de cariño”.

En algunos grupos sociales el apodo es casi una obligación, ahí tenemos a los grupos delictivos, quienes se especializan en adoptar una variedad de apodos que van de lo común a lo grotesco, tenemos por ahí a “El Tomate” Vs el Mochaorejas.

Los apodos, sobrenombres o motes se pueden dividir, a grandes rasgos en:

Intimidatorios- Pensados para causar miedo o hablar de las proezas de la persona.

Burlones- Adjudicados por alguna característica física, de personalidad o basados en alguna anécdota persona.

Despectivos- Asignados con la finalidad de discriminar y deshumanizar a quien lo recibe.

Relacionales- Se dan normalmente en casa y se emplean como un sustituto del nombre; son “de cariño”.

La clave está en este último detalle, los apodos sustituyen al nombre y en esa pequeña acción se está modificando la personalidad y autoestima del individuo. Conozco tres hermanos quienes recibieron su mote a pocos días después de su nacimiento para convertirse por el resto de sus vidas en: El Mojarra, El Coyol y La Chimoltrufia. Yo sólo recuerdo que el nombre de “El Coyol” era Francisco, de los otros dos nunca conocí sus nombres. Fueron sus padres quienes les pusieron esos apodos y se mostraron siempre orgullosos de aquellas denominaciones.

Cuando a una persona nace con esa dualidad relega su nombre a los trámites oficiales y a cuando pasan lista en el salón; aun en esas instancias solicitan ser llamados por sus sobrenombres, lo cual no podría ser más claro; van encima del nombre.

¿Es malo poner apodos?

Cuando hablamos de acoso verbal y relacional (social), los apodos son uno de los primeros ataques que sufre la persona. Ser llamado “Cuatro ojos”, “Nerd”, “Cerdo”, etc., es muy grave y es la agresión más común en el ámbito escolar (1).

La reacción de los maestros y adultos cuando a un infante se le pone un sobrenombre es normalmente: “No les hagas caso”. Ignorar el daño emocional de ser despojado de su identidad para ser reducido a un defecto físico o intelectual (real o imaginario), es dejar abierta la puerta a futuras agresiones. El mensaje que reciben los acosadores es muy claro: El maestro no dijo nada, lo cual es igual a: nos dio permiso.

De ahí pueden venir las pintas en las paredes de los baños, los dibujos distribuidos en la escuela, los cuadernos y mochilas vandalizadas. El individuo deja de ser lo que es para pasar a convertirse en el objeto de alguien.

Como maestro es importante no usar los apodos que se ponen en casa o entre pares. Es tan sencillo como decir el primer día de clases: “Chicos, les voy a decir por su nombre de pila, sin diminutivos o apodos”. Punto, todo listo, de ahí en adelante se dio no sólo una lección de civismo, sino se sentaron las bases del respeto que operarán en el salón de clases. Hay maestros que deciden usar los apellidos y esa es otra opción válida ya que se habla de la familia y se le da la importancia debida.

Ahora bien, ¿cómo hacemos para que nuestros hijos y alumnos sobrevivan a un apodo no deseado? La clave está en la asertividad. Hay motes que se pueden usar para fortalecer al niño, en especial cuando se relacionan con algún aspecto físico o intelectual. Pongo un caso que conozco de primera mano. Mi hija mayor es muy alta, a lo largo de su vida fue en promedio unos 12 o 15 centímetros más alta que el resto de sus amigos. En 5to de primaria la apodaron La Jirafa, lo cual significó un duro golpe para ella, quien de por sí batallaba para hablar con todos a quienes veía desde sus alturas y a quien le daba algo de pena ser tan alta. Después de una tarde de entrenamiento en casa y de asegurarle que iba a funcionar, ella llegó al día siguiente con la misión de ignorar los comentarios y reírse de ellos. Se dice muy fácil, pero enfrentar a un grupo que se encontró un arma en tu contra no es fácil. Le llevó un par de días y después salió exitosa y fortalecida de la experiencia. No le dejaron de decir jirafa, pero consiguió cambiar la intención, de un sobrenombre intimidatorio a uno más de tipo burlón: “Giraffe” le decían de un lado al otro del salón y ella respondía con los dedos en señal de victoria y habiendo ganado notoriedad positiva por ser la más alta de la escuela.

Cosa muy diferente cuando el apodo es menos flexible o denigrante. No se puede permitir que se les diga cerdo, zorra, piruja, etc. En estos casos los adultos responsables deben intervenir y desde que se tenga conocimiento del caso hablarlo en el salón, señalar el mal gusto de quienes lo pusieron y fortalecer frente al todo el grupo la identidad y el respeto debido al alumno. Sobre todo, se deben confiscar los dibujos o notas con dicho apodo y aplicar las correspondientes consecuencias a quienes lo hicieron.

Cada uno decide si acepta o no un apodo que considera agradable, cada uno decide si quiere ser conocido por él en lugar de usar su nombre, pero nadie tiene derecho a imponerlo a un recién nacido, a un menor de edad o simplemente a alguien que no desea ser apodado de forma alguna.

Crédito de imagen de encabezado: Visualhunt.com
  1. Coloroso B. (2008). The Bully, The Bullied and The Bystander. HarperCollins e-books. Estados Unidos.

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