“Lo vieron todo”. Los testigos también lloran.

Los sentidos nos relacionan con nuestro ambiente para constituir lo que serán nuestras experiencias. Muchas de ellas se almacenan en archivos de memoria para cada tipo de sensación: visual, auditiva, táctil, gustativa, olfativa.

No siempre somos conscientes de cuáles experiencias van a quedar en nuestra memoria y cuáles no. De eso nos damos cuenta al momento de evocarlas, es decir, cuando nos acordamos de ellas. Ahí tenemos el olor a algún guisado que nos recuerde nuestra infancia, la alegría de escuchar alguna melodía favorita, etc.

Dentro de este espectro de recuerdos hay algunos que entran en nuestro sistema de supervivencia al almacenarse como estímulos susceptibles de hacernos daño o de darnos protección. La exposición al calor excesivo en forma de una quemadura, no pasa por el mismo sistema del recuerdo que el olor del guisado. La instrucción de mover la mano al tocar un foco caliente va directo a nuestras neuronas motoras y funcionamos por reflejo; o sea, te quitas porque hay dolor y peligro.

En otro ejemplo tenemos las sensaciones que nos producen las películas y series de televisión. Son muy vívidas, casi reales y tocan el espectro de nuestras emociones para pasar a nuestros recuerdos y poder ser evocadas por sus características placenteras o aversivas. En el cine lloramos, nos emocionamos, reímos, suspiramos, sufrimos, nos aterramos, nos excitamos. Al salir de la película permanecen las impresiones de lo recién visto y podemos revivirlas con tan solo el recuerdo. El ejemplo es perfecto para entender cómo hay cosas que mejor hubiera sido no haber visto nunca; todos tenemos la película de terror o de guerra tan impactante que nos dejó sin dormir.

Cuando las malas experiencias son en la vida real, se puede generar un trauma. Ahora se ha oído mucho hablar del Síndrome de Estrés Post Trauma (SEPT o PTSD por sus siglas en inglés). La idea generalizada es que dicho síndrome ocurre después de vivir o presenciar cosas terribles como un asesinato, estar involucrado en un desastre natural, una guerra, un secuestro, una agresión sexual, etc., pero en ocasiones es resultado de algo mucho menos masivo.

De acuerdo con el DSM-V, que es el manual de psiquiatría más importante del mundo, el Síndrome de Estrés Post Trauma es: “el desarrollo de síntomas característicos posteriores a la exposición a uno o más eventos traumáticos… los síntomas pueden estar basados en el miedo y la repetición del evento, la depresión, la manía, e incluso los patrones de disociación que podríamos ver en una psicosis (1).

No hace falta que les ponga imágenes con las caras de cientos de niños sobrevivientes de una guerra mirando al vacío, pero si les digo que los mismos procesos ocurren en los niños que son testigos de acoso escolar tal vez no me crean.

Desafortunadamente es cierto, la triada del acoso escolar se compone de la víctima, el acosador y los testigos. De estos últimos hay varios tipos.

  • Testigos pasivos. Sólo observan la interacción sin intervenir, pueden estar a favor del acoso o no.
  • Testigos activos. Tratan de involucrarse defendiendo a la víctima durante la agresión, llamando a algún maestro o ayudando a la víctima después de la agresión.
  • Cómplices. Los cuales pueden ser también activos o pasivos dependiendo de si ayudan a llevar a cabo la agresión o si forman parte del grupo agresor, aunque en ese momento no tomen parte del acoso.

Aquellos quienes observan una agresión directa a un compañero buscan mecanismos para compensar el miedo y la ansiedad que les produce verse impotentes ante un hecho violento y arbitrario. Muchos querrán ser parte del grupo de los bullies para sentirse de lado “seguro” de la ecuación y evitar convertirse en un objetivo, otros van a interiorizar la agresión desarrollando sentimientos de desprecio hacia la víctima para justificar la violencia y aceptarla como algo que aquella persona se merecía. Algunos más sufrirán en silencio y vivirán con miedo a volverse una víctima de un momento a otro.

Los testigos activos son un porcentaje mucho menor; ellos son capaces de encarar al agresor y de esa forma permanecer en el lado de la realidad, al poder reconocer un acto de agresión como algo que no debe permitirse. De esa forma, los testigos activos pueden hacer algo al respecto imponiendo la justicia y el respeto ante el acoso.

De ahí la importancia de ayudar a los testigos a involucrarse cuando el acoso apenas empieza, es en ese punto cuando pueden hacer algo útil sin sentirse en riesgo de volverse víctimas o de tener que enfrentar a un enemigo portentoso.

Si tus hijos, amigos o hermanos te relatan una experiencia como testigos de acoso en la escuela, no la pases por alto, es el momento de ayudarle a sacar los sentimientos que tenga al respecto y apoyarlo para poder volverse un testigo activo y a no salir herido en el intento. Los testigos pasivos pueden volverse insensibles ante el dolor ajeno y las injusticias; no podemos permitir que eso siga sucediendo.

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Bibliografía.
  1. American Psychiatric Association: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition. Arlington, VA, American Psychiatric Association, 2013.

¿Qué onda güey? Los apodos.

“Nada más es de cariño”.

En algunos grupos sociales el apodo es casi una obligación, ahí tenemos a los grupos delictivos, quienes se especializan en adoptar una variedad de apodos que van de lo común a lo grotesco, tenemos por ahí a “El Tomate” Vs el Mochaorejas.

Los apodos, sobrenombres o motes se pueden dividir, a grandes rasgos en:

Intimidatorios- Pensados para causar miedo o hablar de las proezas de la persona.

Burlones- Adjudicados por alguna característica física, de personalidad o basados en alguna anécdota persona.

Despectivos- Asignados con la finalidad de discriminar y deshumanizar a quien lo recibe.

Relacionales- Se dan normalmente en casa y se emplean como un sustituto del nombre; son “de cariño”.

La clave está en este último detalle, los apodos sustituyen al nombre y en esa pequeña acción se está modificando la personalidad y autoestima del individuo. Conozco tres hermanos quienes recibieron su mote a pocos días después de su nacimiento para convertirse por el resto de sus vidas en: El Mojarra, El Coyol y La Chimoltrufia. Yo sólo recuerdo que el nombre de “El Coyol” era Francisco, de los otros dos nunca conocí sus nombres. Fueron sus padres quienes les pusieron esos apodos y se mostraron siempre orgullosos de aquellas denominaciones.

Cuando a una persona nace con esa dualidad relega su nombre a los trámites oficiales y a cuando pasan lista en el salón; aun en esas instancias solicitan ser llamados por sus sobrenombres, lo cual no podría ser más claro; van encima del nombre.

¿Es malo poner apodos?

Cuando hablamos de acoso verbal y relacional (social), los apodos son uno de los primeros ataques que sufre la persona. Ser llamado “Cuatro ojos”, “Nerd”, “Cerdo”, etc., es muy grave y es la agresión más común en el ámbito escolar (1).

La reacción de los maestros y adultos cuando a un infante se le pone un sobrenombre es normalmente: “No les hagas caso”. Ignorar el daño emocional de ser despojado de su identidad para ser reducido a un defecto físico o intelectual (real o imaginario), es dejar abierta la puerta a futuras agresiones. El mensaje que reciben los acosadores es muy claro: El maestro no dijo nada, lo cual es igual a: nos dio permiso.

De ahí pueden venir las pintas en las paredes de los baños, los dibujos distribuidos en la escuela, los cuadernos y mochilas vandalizadas. El individuo deja de ser lo que es para pasar a convertirse en el objeto de alguien.

Como maestro es importante no usar los apodos que se ponen en casa o entre pares. Es tan sencillo como decir el primer día de clases: “Chicos, les voy a decir por su nombre de pila, sin diminutivos o apodos”. Punto, todo listo, de ahí en adelante se dio no sólo una lección de civismo, sino se sentaron las bases del respeto que operarán en el salón de clases. Hay maestros que deciden usar los apellidos y esa es otra opción válida ya que se habla de la familia y se le da la importancia debida.

Ahora bien, ¿cómo hacemos para que nuestros hijos y alumnos sobrevivan a un apodo no deseado? La clave está en la asertividad. Hay motes que se pueden usar para fortalecer al niño, en especial cuando se relacionan con algún aspecto físico o intelectual. Pongo un caso que conozco de primera mano. Mi hija mayor es muy alta, a lo largo de su vida fue en promedio unos 12 o 15 centímetros más alta que el resto de sus amigos. En 5to de primaria la apodaron La Jirafa, lo cual significó un duro golpe para ella, quien de por sí batallaba para hablar con todos a quienes veía desde sus alturas y a quien le daba algo de pena ser tan alta. Después de una tarde de entrenamiento en casa y de asegurarle que iba a funcionar, ella llegó al día siguiente con la misión de ignorar los comentarios y reírse de ellos. Se dice muy fácil, pero enfrentar a un grupo que se encontró un arma en tu contra no es fácil. Le llevó un par de días y después salió exitosa y fortalecida de la experiencia. No le dejaron de decir jirafa, pero consiguió cambiar la intención, de un sobrenombre intimidatorio a uno más de tipo burlón: “Giraffe” le decían de un lado al otro del salón y ella respondía con los dedos en señal de victoria y habiendo ganado notoriedad positiva por ser la más alta de la escuela.

Cosa muy diferente cuando el apodo es menos flexible o denigrante. No se puede permitir que se les diga cerdo, zorra, piruja, etc. En estos casos los adultos responsables deben intervenir y desde que se tenga conocimiento del caso hablarlo en el salón, señalar el mal gusto de quienes lo pusieron y fortalecer frente al todo el grupo la identidad y el respeto debido al alumno. Sobre todo, se deben confiscar los dibujos o notas con dicho apodo y aplicar las correspondientes consecuencias a quienes lo hicieron.

Cada uno decide si acepta o no un apodo que considera agradable, cada uno decide si quiere ser conocido por él en lugar de usar su nombre, pero nadie tiene derecho a imponerlo a un recién nacido, a un menor de edad o simplemente a alguien que no desea ser apodado de forma alguna.

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  1. Coloroso B. (2008). The Bully, The Bullied and The Bystander. HarperCollins e-books. Estados Unidos.

¿Cómo hacer a un bully? Guía práctica de disuasión.

Más que una pregunta teórica esta es una realidad a la que debemos dar una respuesta satisfactoria. Ya comenté, en una publicación previa, cómo el problema del acoso escolar involucra a toda la comunidad, pero es innegable que los más involucrados son la víctima y el victimario.

La situación del niño o niña acosado requiere de atención inmediata y de protección, ya que son muy vulnerables a sufrir nuevas agresiones. Esto nos enfrenta a la necesidad de acabar con el ciclo de violencia y acoso, pero no siempre significa castigar al agresor. De preferencia hay que cerrar la línea de producción de bullies.

Los infantes que enarbolan la bandera del acoso no nacieron así, ellos son resultado de la educación de sus familias y de la comunidad a la que pertenecen. El Dr. Garbarino en su libro: “Lost boys” (Niños perdidos), hace un análisis de más de 20 años de trabajo con niños en prisiones de los Estados Unidos (2). Una de sus conclusiones es que los chicos infractores han delinquido como una forma de supervivencia y adaptación al medio en el que viven y otra de ellas, quizás la que más importante se me hace, es que el castigo no ha dado resultados positivos en la rehabilitación de estos chicos.

Yo no comulgo con este concepto del castigo aplicado a la educación, cuando se hace algo, lo que sea, el resultado es una consecuencia y como tal debe ser tratada. Las acciones derivadas del comportamiento llevan implícitas una “cuota”; a veces a favor, otras en contra. El asumir ese costo debería ser algo natural, pero muchas veces los padres de familia creemos estar protegiendo a nuestros hijos al ayudarles a evitar las consecuencias de sus actos. Cuando hacen algo positivo, se les celebra, cuando hacen algo negativo se les reprende o bien se ajustan los resultados para “darles chance”.

Supongamos que nuestro vástago dijo una mentira por no haber llevado la tarea; la maestra nos llama y reaccionamos como mejor podemos, pero no olvidemos que:

Justificar al hijo frente al maestro para después regañarlo en privado no sirve, regañar al hijo frente al maestro no sirve, apoyarlo a que se salga con la suya no sirve, regañar al maestro por levantarle falsos al infante no sirve.

Si aprovechamos el evento como una oportunidad para el diálogo, el aprendizaje y la confianza podremos obtener resultados con un valor agregado a largo plazo. Una guía de lo que el padre de familia podría decir es:

“Me llamó tu maestra porque al parecer le dijiste una mentira por no haber llevado tu tarea, ¿tuviste algún problema para hacer la tarea? / Mentir no va a solucionar el problema, sólo te va a causar otros, me parece que debes hacer algo para disculparte con tu maestra, ¿qué se te ocurre? / A mí se me ocurre que le puedes hacer una carta explicando la verdadera razón por la que no hiciste la tarea y ofrecer una disculpa, puede ser también un dibujo, una tarjeta o decirlo en persona, como tú te sientas mejor. / No estoy enojado contigo, pero me preocupa que si tienes un problema sientas que estás solo y no busques ayuda. / Yo aquí estoy para lo que necesites y si te parece todos los días te puedo preguntar si quieres que te ayude.”

Una reacción de este tipo cuando nuestros hijos cometen una falta por primera vez, no sólo los ayuda a salir adelante del problema, sino que los hace responsables de sus actos, los hace sentir queridos y escuchados, les da alternativas de solución a los conflictos, les enseña a disculparse por haber hecho algo indebido y los convierte en personas asertivas.

A los niños que acosan a los demás no se les debe dejar fuera de la resolución del conflicto porque ellos son otro tipo de víctimas, aun el niño o la niña que vive en buena posición social sufre las consecuencias de unos padres que ningunean a cualquiera y dan ejemplo de prepotencia y de acoso. Darle todo a los hijos es otra forma de maltrato y es una fórmula muy confiable para hacer de nuestra progenie un bully con todas las de la ley.

En el libro “The Bully, the bullied and the bystander”, la autora clasifica a las dos familias generadoras de acosadores. Haciendo una analogía con las paredes, la primera familia es la “Pared de ladrillo” (¿qué dirá don Roger Waters?), dichas familias no toleran ninguna desviación a la norma establecida por el jefe de familia, puede ser la madre o el padre. En ellas la única salvación es pasar desapercibido y alinearse del lado de la figura en el poder para no salir tan golpeado, las opiniones de los hijos son ignoradas, menosprecian a los otros miembros de la familia y los humillan. Los hijos de estas familias repiten el patrón aprendido como forma de dominación y para buscar la aceptación de un grupo en el que la intolerancia y la violencia se premian.

El otro tipo de familia es todo lo contrario, la familia “medusa de mar”, en ella los padres pueden no saber qué hacer con los hijos, les tienen miedo y no saben marcar límites que les permitan dar estructura, se van por el lado de las amenazas, castigos, chantajes; dejarlos sin cenar, prohibirles usar la computadora, tirar sus juguetes y al otro día todo como si nada, se levanta el castigo sin siquiera mencionarlo. Otra variante de esta misma familia es la que en hay abandono físico o psicológico del infante, ya sea por desconocimiento o por algún problema de drogas o enfermedad, el padre se centra solamente en él. Pueden ser buenos proveedores materiales, pero no hay apego ni muestras de amor. Los hijos de estas familias aprender a mentir y a manipular para conseguir lo que quieren (1).

El trabajo de hacer familias funcionales y asertivas es esencial para aliviar la mayoría de los problemas sociales. Los hombres y mujeres con hijos de cualquier edad tienen la obligación de educarse para ser mejores padres, no se vale sacar el orgullo y decir: “A mí me vale gorro y nadie me dice qué hacer”, ni hacerse guaje y dejar que sea lo que tenga que ser (así con muchos “que”).

Espero haber dejado sembradas las ganas de leer estos dos magníficos libros, creo que ya existe versión en español de “Lost boys”.

Bibliografía:
  1. Coloroso B. (2008). The Bully, The Bullied and The Bystander. HarperCollins e-books. Estados Unidos; pp; 75-90.
  2. Garbarino J. (1999). Lost Boys. Why Our Sons Turn Violent and How We Can Save Them. The Free Press, New York.
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