Violencia generalizada.

Tenemos mal entendida la frase popular: “Se hace la víctima”. Cuando se usa parece referir una conducta de vulnerabilidad simulada con el fin de obtener una ganancia. En esa premisa, la víctima solamente está actuando, exagerando su realidad para parecer indefensa. Desafortunadamente, eso ha sido usado por gente sin escrúpulos para explotar a sectores de la población quienes realmente se encuentran en situación vulnerable y son víctimas reales, o personas quienes sí se hacen pasar por víctimas y sacan algún tipo de beneficio.

Una víctima no elige su condición ni saca provecho de ella, minimizarla es una forma de normalizar la violencia; por ejemplo, cuando una mujer sufre abuso sexual por parte de su pareja es frecuente observar cómo se descalifica la agresión arguyendo que: la mujer se lo buscó, no tiene de qué quejarse porque la mantienen, así son los hombres e incluso, que en realidad le gustó y sólo busca evitar ser juzgada por su conducta sexual (“Bien que le gusta, pero ahí anda de chillona”).

Ahora bien, sí hay personas viviendo el rol de víctimas. En ellas se perpetúan conductas que derivan en malas decisiones. Es gente a quien “todo le sale mal” o “tiene al mundo en su contra”, hablamos de un problema conductual, no de aquellos quienes padecen algún trastorno mental que les haga más difícil su interacción social, personal y laboral. A estos pacientes se les puede ver inmersos en relaciones de abuso a consecuencia de su enfermedad o cometer abusos derivados de esta misma condición.

El común denominador que yo encuentro en todos los casos descritos, es que se debe atacar el origen del problema para solucionar la situación de la víctima. Es imperioso dejar de justificar los actos violentos. Las evidencias apuntan, de manera muy clara, a las graves consecuencias derivadas de las conductas agresivas, por ello, se debe trabajar en la erradicación de todo tipo de violencia. La sociedad perdona y alienta maltratos y abusos en distintas áreas, siendo el núcleo familiar donde más ejemplos podemos encontrar de ello.

Los gobiernos también tienen enormes cantidades de acciones violentas contra otros países y contra su propia gente. Una nación en pro de la guerra obtiene ganancias territoriales, venta de armamento, recursos naturales y posicionamiento político.

El fervor bélico de los humanos ha glorificado actos terribles llenándolos de héroes, batallas memorables y premia a quienes sirven a la patria en su defensa. De esa forma ocultan las atrocidades cometidas por esos mismos héroes. Ahora es común enterarnos de actos de nobleza por parte de los soldados cuando rescatan a algún perro o gato de los campos de batalla y, sin menospreciarlos, esos mismos soldados siguen órdenes para acabar con las vidas de seres humanos a quienes no les dan ni un ápice de esa compasión. En el asunto de las guerras todos tenemos las manos sucias de una forma u otra.

Etiquetar a alguien como enemigo, simplifica la justificación de actos violentos en su contra y se gana cuando se le destruye. Pero, si se llevan estos mismos comportamientos al seno de la familia, entender la ganancia de un hombre que golpea a su mujer y a sus hijos es más complejo. Para tratar de comprenderlo debemos profundizar más en la lucha del poder. Un hombre violento obtiene poder en la medida que dicha violencia aumenta, ese poder es un reforzamiento positivo porque al final, obtiene lo que desea de su familia y se hace de una reputación con sus amigos. Ese ejercicio indebido del poder normalmente se da en cadena, el todopoderoso es prácticamente inexistente, y hablando de todopoderosos, nadie tan violento como los dioses de la religión que se les ocurra.

La línea de agresión en la familia se hereda de padres a hijos y aunque es más común tener hombres violentos en casa, las mujeres también pueden agredir a sus hijos o a sus parejas con la misma vehemencia. La violencia en la familia se mantiene a sí misma, quienes son víctimas repiten el patrón al formar otros núcleos familiares o bien, se convierten en los agresores. Ahí también encontramos el nacimiento de muchos de los casos de abuso escolar.

Como especie hemos sido portadores de violencia a todos los seres vivos y al planeta mismo. Los actos de crueldad contra los animales van desde la maldad pura, hasta la experimentación en pro de la ciencia. La contaminación y explotación de los recursos de la Tierra va más allá de poder de recuperación de la misma.

Debemos darnos cuenta como todos esos actos son variantes de conductas violentas, el desequilibrio es ya muy importante, tanto que la posibilidad de una vida digna para millones de seres vivos en el mundo es inalcanzable en el mediano plazo; sobre todo porque para conseguirlo, quienes lo tienen todo deben renunciar a sus excesos para redefinir el concepto de bienestar y redistribuirlo.

Photo via Visual hunt

“Lo vieron todo”. Los testigos también lloran.

Los sentidos nos relacionan con nuestro ambiente para constituir lo que serán nuestras experiencias. Muchas de ellas se almacenan en archivos de memoria para cada tipo de sensación: visual, auditiva, táctil, gustativa, olfativa.

No siempre somos conscientes de cuáles experiencias van a quedar en nuestra memoria y cuáles no. De eso nos damos cuenta al momento de evocarlas, es decir, cuando nos acordamos de ellas. Ahí tenemos el olor a algún guisado que nos recuerde nuestra infancia, la alegría de escuchar alguna melodía favorita, etc.

Dentro de este espectro de recuerdos hay algunos que entran en nuestro sistema de supervivencia al almacenarse como estímulos susceptibles de hacernos daño o de darnos protección. La exposición al calor excesivo en forma de una quemadura, no pasa por el mismo sistema del recuerdo que el olor del guisado. La instrucción de mover la mano al tocar un foco caliente va directo a nuestras neuronas motoras y funcionamos por reflejo; o sea, te quitas porque hay dolor y peligro.

En otro ejemplo tenemos las sensaciones que nos producen las películas y series de televisión. Son muy vívidas, casi reales y tocan el espectro de nuestras emociones para pasar a nuestros recuerdos y poder ser evocadas por sus características placenteras o aversivas. En el cine lloramos, nos emocionamos, reímos, suspiramos, sufrimos, nos aterramos, nos excitamos. Al salir de la película permanecen las impresiones de lo recién visto y podemos revivirlas con tan solo el recuerdo. El ejemplo es perfecto para entender cómo hay cosas que mejor hubiera sido no haber visto nunca; todos tenemos la película de terror o de guerra tan impactante que nos dejó sin dormir.

Cuando las malas experiencias son en la vida real, se puede generar un trauma. Ahora se ha oído mucho hablar del Síndrome de Estrés Post Trauma (SEPT o PTSD por sus siglas en inglés). La idea generalizada es que dicho síndrome ocurre después de vivir o presenciar cosas terribles como un asesinato, estar involucrado en un desastre natural, una guerra, un secuestro, una agresión sexual, etc., pero en ocasiones es resultado de algo mucho menos masivo.

De acuerdo con el DSM-V, que es el manual de psiquiatría más importante del mundo, el Síndrome de Estrés Post Trauma es: “el desarrollo de síntomas característicos posteriores a la exposición a uno o más eventos traumáticos… los síntomas pueden estar basados en el miedo y la repetición del evento, la depresión, la manía, e incluso los patrones de disociación que podríamos ver en una psicosis (1).

No hace falta que les ponga imágenes con las caras de cientos de niños sobrevivientes de una guerra mirando al vacío, pero si les digo que los mismos procesos ocurren en los niños que son testigos de acoso escolar tal vez no me crean.

Desafortunadamente es cierto, la triada del acoso escolar se compone de la víctima, el acosador y los testigos. De estos últimos hay varios tipos.

  • Testigos pasivos. Sólo observan la interacción sin intervenir, pueden estar a favor del acoso o no.
  • Testigos activos. Tratan de involucrarse defendiendo a la víctima durante la agresión, llamando a algún maestro o ayudando a la víctima después de la agresión.
  • Cómplices. Los cuales pueden ser también activos o pasivos dependiendo de si ayudan a llevar a cabo la agresión o si forman parte del grupo agresor, aunque en ese momento no tomen parte del acoso.

Aquellos quienes observan una agresión directa a un compañero buscan mecanismos para compensar el miedo y la ansiedad que les produce verse impotentes ante un hecho violento y arbitrario. Muchos querrán ser parte del grupo de los bullies para sentirse de lado “seguro” de la ecuación y evitar convertirse en un objetivo, otros van a interiorizar la agresión desarrollando sentimientos de desprecio hacia la víctima para justificar la violencia y aceptarla como algo que aquella persona se merecía. Algunos más sufrirán en silencio y vivirán con miedo a volverse una víctima de un momento a otro.

Los testigos activos son un porcentaje mucho menor; ellos son capaces de encarar al agresor y de esa forma permanecer en el lado de la realidad, al poder reconocer un acto de agresión como algo que no debe permitirse. De esa forma, los testigos activos pueden hacer algo al respecto imponiendo la justicia y el respeto ante el acoso.

De ahí la importancia de ayudar a los testigos a involucrarse cuando el acoso apenas empieza, es en ese punto cuando pueden hacer algo útil sin sentirse en riesgo de volverse víctimas o de tener que enfrentar a un enemigo portentoso.

Si tus hijos, amigos o hermanos te relatan una experiencia como testigos de acoso en la escuela, no la pases por alto, es el momento de ayudarle a sacar los sentimientos que tenga al respecto y apoyarlo para poder volverse un testigo activo y a no salir herido en el intento. Los testigos pasivos pueden volverse insensibles ante el dolor ajeno y las injusticias; no podemos permitir que eso siga sucediendo.

Crédito de imagen del encabezado: Photo via <a href=”https://visualhunt.com/”>Visual Hunt</a>
Bibliografía.
  1. American Psychiatric Association: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition. Arlington, VA, American Psychiatric Association, 2013.

Reseña del libro: Bullying y Abuso Infantil. Escrito por Tere Vale.

 

El tema del acoso escolar se ha vuelto una preocupación para la sociedad en la mayor parte de los países; siendo un fenómeno cuya presencia data de siglos atrás no era sencillo pasar de la costumbre a la investigación y la prevención. Los hechos se volvieron cada vez más contundentes y mediáticos mostrando el lado más violento del acoso o bullying. En estos días la oferta de libros acerca del acoso escolar ha aumentado y se les puede encontrar en cualquier librería, sin embargo, no todos tratan el tema con la seriedad debida, es por eso que quiero recomendar ampliamente el trabajo de Tere Vale en este libro.

Lo primero que deseo destacar es el orden y la claridad con la que trata los temas; los capítulos son cortos concisos y abordan el ciclo completo del acoso y sus consecuencias. El lenguaje es claro y muy accesible, no hay terminología que no se explique y está centrado en la realidad mexicana.

Como profesional me gustó mucho la documentación que hizo para escribir el libro; cuenta con una sección bibliográfica extensa y verificable. Yo uso este texto para los cursos que desarrollo y para explicar a mis pacientes el tema del acoso.

Nos muestra el panorama legislativo relacionado con el acoso y la violencia infantil desde la Constitución hasta las leyes y reglamentos locales. Tiene una postura de género en donde presenta las diferencias entre la violencia ejercida por los hombres y las mujeres. Este último punto es esencial para el trabajo en las escuelas en materia de prevención y de manejo de los casos ya presentes en la institución.

Por si fuera poco, es un libro accesible en precio, de lectura sencilla y con información que va desde lo neurobiológico hasta lo social.

Se van a encontrar muchos otros libros de consulta dirigidos a los jóvenes, los padres y los maestros, he leído varios y me he encontrado con errores de aproximación al tema y con sugerencias vagas y simplonas sobre cómo evitar el acoso en carne propia o como ayudar a alguien quien sufre de acoso. En este sentido debo recalcar que no es un tema para tratar de manera superficial sin darle el peso específico tan importante y de consecuencias tan graves como las tiene el bullying.

En fin, espero puedan conseguir el libro, lo lean y les ayude a valorar, en su justa dimensión, la necesidad tan grande de contar con estrategias de prevención y manejo de este problema de salud al que se enfrenta la sociedad en su conjunto.

Aquí les dejo los datos:

Tere Vale. Bullying y Abuso Infantil, editorial Planeta; México 2016.

 

Crédito de imagen de encabezado:
https://www.google.com.mx/imgres?imgurl=http://t1.gstatic.com/images%3Fq%3Dtbn:ANd9GcSEWJCv2_l3C6YtZVhSPrEuYkoNEtW8LQnu_JyAW0Uv9lHi6vou&imgrefurl=http://books.google.com/books/about/Bullying_y_abuso_infantil.html%3Fid%3DhUNWCwAAQBAJ%26source%3Dkp_cover&h=1080&w=703&tbnid=TekTh80T-EZqOM:&tbnh=160&tbnw=104&docid=hiVxRFziLPyGfM&itg=1&usg=__osZLjzS-45yxjH5I8A37itQ-mNc=
Vale T. (2016). Bullying y Abuso Infantil. Ed. Planeta; México

Sí, yo fui.

Asumir la responsabilidad debe inculcarse desde la infancia temprana de acuerdo con la etapa del desarrollo en la que los hijos se encuentren. Antes de los 6 años se empieza con situaciones simples: recoger los juguetes o evitar reponer todo lo que se haya dañado o roto a consecuencia de una acción directa del infante. Ojo, no se trata de regañarlo por haber roto algo, es solamente ir trabajando la causa y el efecto. Reponer un juguete roto por el niño o niña lo lleva a restarle valor al mismo y eso también es aprendizaje, el cual aplicará a otras situaciones en su vida cuando crezca.

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo asumir las consecuencias de nuestros actos?

Durante siglos hemos asociado erróneamente las consecuencias con los castigos; en este punto me resulta imposible dejar fuera el papel de las religiones en la conciencia del bien Vs el mal y de la penitencia como formas de juzgar el comportamiento y de modificarlo.

¡Se lo tiene merecido!

Es un grito que todos hemos oído o proferido cuando existe un error, omisión o agravio cometido por una persona. No es de extrañar que, al intentar vivir bajo el parámetro del “bien”, todos salgamos raspados por el “mal”. ¿Qué hago entonces? Pues esconder el hecho, para no sufrir la penitencia o el castigo. “Yo no lo rompí, se cayó solo”, “Así estaba cuando llegué”, “No es cierto, ni iba tan rápido”, “Fue un accidente, sólo estábamos jugando”.

Detrás de esas excusas hay miedo, y ese miedo no nació solo, sino que nos fue inculcado con el ejemplo y la experiencia. Dicho aprendizaje nos viene desde la cuna, por eso inicié el texto con el ejemplo del infante.

Desde hace varias décadas, las escuelas han intentado cambiar el término del castigo por el de la consecuencia; de modo que si yo rompí algo debo reponerlo, si ofendí a alguien debo disculparme; esa es la penitencia apropiada, la que está desprovista del concepto de maldad. La maldad existe, pero esa obedece a otros procesos y en esos casos hablamos de un crimen, cuya consecuencia no siempre puede ser reparada en términos materiales o emocionales.

Los niños y niñas que son responsables del acoso en las escuelas y en los hogares, son infantes sin límites ni reglas, pertenecen a un desafortunado grupo de chicos que pueden tenerlo todo o que no tienen nada. En esos extremos se encuentra la mayor parte de los “bullies”. En mi experiencia profesional he tenido alumnos a quienes veo romper algo y negarlo de la manera más rotunda, lo cual convierte la labor de ayudarlos a asumir las consecuencias de sus actos en todo un reto.

En dichos casos lo mejor ha sido poner el ejemplo: aceptar mis errores, asumir las consecuencias de mis actos, disculparme, reflexionar en voz alta, cuestionar la validez de una excusa.

Como todo acto personal de salvamento de la humanidad, el ejemplo sólo afecta a un porcentaje muy pequeño del grupo, sin embargo, ese pequeño número de personas, así sea una sola, tendrá la posibilidad de replicar lo aprendido y de enseñar a otros.

Hay una calma inmensa después de haberse disculpado o haber reparado el daño causado. Las grietas se cierran en el afectado y en uno mismo, la autoestima se fortalece, la conciencia de ser mejor y de hacer mejor las cosas se impone sobre el evitar hacer algo o escudarse en culpar a alguien más.

Creo con firmeza en la capacidad de cada uno de lograr un cambio significativo en el entorno y no estoy hablando nada más de firmar peticiones en línea, lo cual logra cambios importantes, pero el efecto es muy lejano y cuesta trabajo identificarse con el triunfo o el fracaso del proyecto. La diferencia de hacerlo nosotros es vivir el efecto, sentir lo bien hecho y lo mal hecho en primera persona, ese aprendizaje es de las cosas más valiosas que puede uno enseñar a los demás.

¡Empieza por ti! y vive las consecuencias de las decisiones en tu actuar; vale la pena.

Crédito de ilustración de encabezado:
“Discúlpame”; 2016; Ilustración digital; Tannia Lozano; colección particular.

Feos, fuertes y formales.

Primero dejemos claro que los seres humanos nacemos machos o hembras como el resto de los mamíferos y de muchas otras especies animales. En nuestro caso denominamos “hombres” a los machos y “mujeres” a las hembras. Siendo así, uno nace mujer o nace hombre (sin hablar aquí de identidad sexual o identidad corporal), entonces, decirle a un niño: “Te tienes que hacer hombrecito”, es violencia pasiva.

Hombre nació, y de acuerdo a los periodos de la vida es niño, adolescente, adulto o anciano; pero hombre ya es.

Este detalle de tan poca importancia aparente y de una carga cultural que lo justifica, da origen a infinidad de casos de acoso en las escuelas, en casa y en la comunidad.

Los hombres se ven expuestos a agresiones cuando no son capaces de actuar como se supone que un hombre actúa. El “deber ser” es una lápida sobre los hombros de cualquiera. A un hombre se le desprecia cuando es menos hombre (o sea más mujer), la imposición viene por parte de ambos sexos y erróneamente se cree que nada más afecta a los homosexuales, pero no hay nada más alejado de la realidad.

Cuando se le niega a un individuo la posibilidad de ser como es se abre el camino a la depresión y otros trastornos asociados. Un niño a quien se le reprende por jugar con muñecas está viendo su lado paternal ser bulleado, por lo que no es de extrañar el desapego de muchos padres a sus hijos recién nacidos. Un niño a quien se le reprende por jugar con niñas y pasar tiempo con ellas es tachado de homosexual, por lo que tampoco es de extrañar su incapacidad de entender a las mujeres.

Sigan esa lógica de pensamiento y hallarán las raíces de la discriminación a las mujeres y a sus actividades, o sea, planchar no es de hombres.

Las generaciones en muchos países desarrollados van cambiando sus paradigmas y son bienvenidas las nuevas masculinidades; son hombres que exigen permisos de paternidad al nacer sus bebés, son aquellos que deciden permanecer en casa y encargarse del quehacer y de los hijos mientras la mujer trabaja, ellos se permiten ponerse crema, hacerse manicure, preocuparse por su apariencia física y no perder un ápice de hombría en el proceso.

Ese fenómeno está tardando mucho en darse en otros países y en nuestro México el trabajo es cuesta arriba. En la educación de los hijos los padres y las madres viven con los cánones de antes: “Si te pega se lo regresas”, “Los niños no lloran”, “Enséñale quién manda”, “No vayas a ser un dejado mandilón”, “¿Qué, ella te manda?”

El niño capaz de vivir a la altura de esas expectativas puede volverse un acosador; el niño incapaz de vivir a la altura de esas expectativas puede volverse una víctima.

Entre esos dos extremos viene toda la gama de chicos que se encuentran en una escuela y aunque ninguna de dichas características va a determinar de forma causal el comportamiento futuro de esos individuos, sí aumentan las probabilidades de mantenerse como acosadores o víctimas durante el resto de las etapas de la vida.

Para los padres de familia que su niño sea víctima es muy difícil de manejar, los confronta con su definición de hombre y con la carga social de quienes comparten esa definición. Es mucho más sencillo admitir que el hijo es un bully, porque no es ningún dejado o porque es un fregón, que aceptar al hijo como víctima en un rol asociado al fracaso y a lo femenino (ni lo mande dios).

El hombre necesita escapar de esa carga de violencia con la que debe vivir. En el intervalo entre los roles: acosador-víctima está el punto adecuado y no es un hombre afeminado, es por el contrario un hombre asertivo capaz de asumirse como tal sin sentir el peso de cumplir con las regulaciones establecidas para su sexo por la sociedad. Si lo necesita se sabe defender, si quiere puede llevarse con sus amigos y jugar a las luchas, puede practicar cualquier deporte, se puede peinar como se le da la gana y es capaz de establecer relaciones asertivas con hombres y mujeres. Un niño que estudia ballet no se va a hacer gay, si decide ser amo de casa no es porque la mujer le pega, pero lo más importante es que si decide ser padre va a educar a sus hijos sin esos prejuicios y poco a poco erradicarlos de la sociedad.

Tu hijo varón ya es hombre, ahora permítele ser lo que él quiera.

Crédito de imagen.
Photo credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/sethph88/6936999594/”>Seth Capitulo</a> via <a href=”https://visualhunt.com/”>VisualHunt</a&gt; / <a href=”http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/”>CC BY</a>

En las redes de la red.

Los ciudadanos comunes y corrientes hemos luchado tanto por la libertad de expresión que deberíamos poder decir lo que nos venga en gana. En muchos foros nos es permitido casi sin restricción, como dentro de la familia o con nuestros amigos.

Ahora con la facilidad y el peligro de comunicarlo al mundo entero con un solo clic, nos enfrentamos a millones de receptores, cada uno con su bagaje cultural y su libertad de expresión propia, lo cual genera reacciones de todo tipo; en el mejor de los casos lo van a ignorar a uno, pero cuando no es así la vida de quien dijo lo que dijo puede cambiar de forma dramática.

Y es que la presión social ejercida a través de los medios de comunicación tiene un peso específico muy importante, miles de ciudadanos de movilizan para ayudar en causas desesperadas donando dinero o firmando peticiones dirigidas a grupos en poder de decisión. De esa forma se han reconstruido casas incendiadas, salvado vidas en hospitales, encontrado personas extraviadas, protegido especies animales en peligro, adoptado mascotas, en fin, millones de casos que conmueven hasta las lágrimas y nos hacen tener fe en la humanidad.

Pero, y siempre habrá peros, esas mismas personas pueden destruir hasta sus últimas consecuencias a quienes consideran indignos.

¿Cómo sé si soy indigno?

Pues no puedes saberlo debido a que la misma circunstancia te puede enaltecer o hundir, como por ejemplo apoyar a un partido político, a una empresa o a un grupo social.

El problema no es la libertad de expresión, en mi opinión son más bien las reglas del juego; no sabemos debatir y nos lanzamos con enjundia a defender o a criticar, muchas veces sin conocer la historia completa o tratándose de culturas muy distintas a la nuestra. Es muy fácil justificarnos si lo hacemos de forma defensiva; hablar mal de los demás aumenta la probabilidad de “vernos bien” entre quienes opinan de la misma forma. Un vegetariano atacando a quien come carne calificándolo de asesino insensible y destructor del planeta, tiene más efecto inmediato que un vegetariano quien sólo expone las razones por las cuales su dieta presenta beneficios para la salud y para el planeta (hay de evangelizadores a evangelizadores).

Hay algunos elementos cruciales en esta guerra de facciones en Internet:

Los videos y las fotos: Forma casi infalible de mostrar al mundo lo que somos: cantantes, actores, cómicos, difusores de información etc. En ese caso uno se sienta y espera los “me gusta”, las reacciones y las veces que se comparte. Si esa es nuestra intención podemos hacer carrera de “youtuber” o sea de artista del video en redes, o ser descubierto por las cualidades visuales que mostramos en las fotos.

Pero si el video o las imágenes en cuestión fueron subidas sin nuestro consentimiento, mostrando o no situaciones privadas, vergonzosas o fuera de contexto, entonces nos convertimos en víctimas de ciberacoso y seremos agredidos desde todos los continentes del orbe (en el entendido que las bromas son una forma de agresión y de acoso cuando se dan en ese escenario).

Los comentarios escritos: Así como una servidora está expuesta a críticas y agresiones por lo expresado en este blog, todos quienes escriben algo en línea son sujetos de escrutinio y son susceptibles al derecho de opinión y de réplica de los demás. Esto es muy dramático en el caso de menores de edad, quienes son víctimas comunes de los compañeros de escuela.

En el caso de los adultos las repercusiones llegan hasta donde se puedan imaginar, como recientemente le sucedió al entonces director de TV UNAM por un comentario en una de sus columnas periodísticas que lo llevó a renunciar a su puesto por haber hecho válido su derecho de libertad de expresión; todo debido a la presión en medios electrónicos.

De estas y otras instancias donde se gesta la desgracia humana “on line” nacen los Memes, que son la perpetuación de la burla a muchos otros contextos y convierten a la persona en ente del dominio público, prácticamente sin posibilidad de defensa. Hoy en día todos esperamos los Memes que se deriven de cualquier situación, noticia o evento social o deportivo, a tal grado que yo puedo hacer los míos y subirlos a las redes sin problema alguno.

No existe una solución a corto plazo, pero cada uno puede ayudar al dejar de compartir o de dar “me gusta” a videos, fotos o comentarios que falten el respeto a alguien. Al cabo que, de la misma forma, siempre van a existir los Memes en donde los derechos de otras personas no se ven afectados.

Resultado de imagen para ahorita no joven

A reserva por supuesto de lo que pueda el perro opinar al respecto.

 

El Financiero (2016). Nicolás Alvarado renuncia a TV UNAM. CDMX; Recuperado el 6 de septiembre de 2016 de: http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/nicolas-alvarado-renuncia-a-tv-unam.html
Crédito de imagen de encabezado.
Photo via <a href=”https://visualhunt.com/photos/business-images/”>Visualhunt</a&gt;
Meme del perro; Recuperado el 6 de septiembre de 2016 de: http://notinerd.com/galeria-22-memes-fantasticos-del-perrito-ahorita-no-joven/

No aguantas nada.

El acoso anda suelto.

El acoso escolar es uno de los temas de discusión más importantes de esta década; eso si pensamos en México, otros países llevan más tiempo trabajando contra ese mal.

Las terribles masacres estudiantiles desatadas en los Estados Unidos a finales de los 90’s nos mostraron a todos que “molestar al amiguito” trae consecuencias fatales.

Todos hemos tenido alguna experiencia relacionada con el acoso en la escuela  en cualquiera de sus tres roles:

  • Víctima.
  • Victimario.
  • Testigo.

Esa triada ha acabado con la vida de miles, en la actualidad el “bullying” es considerado un problema de salud pública.

El ciclo del acoso escolar no deja títere con cabeza, hay un daño a la comunidad y a todos sus integrantes. La víctima se lleva la peor parte al ver su integridad vulnerada por sus iguales y las secuelas pueden durar toda la vida. El testigo está forzado a ver el ejercicio impune de la violencia sin poder hacer nada al respecto. El victimario se convierte en un adulto que va a repetir el patrón de agresión y de superioridad mal entendida a otras esferas de su vida, creando espacios para la violencia intrafamiliar y el acoso laboral.

¿Qué sí es acoso escolar?

Para determinar que la situación entre dos o más infantes representa “bullying” se requieren tres cosas.

Debe existir un desbalance de poder entre el victimario y su víctima; dicho desbalance no necesita ser físico, la sola percepción de superioridad es suficiente.

Hay intención de hacer daño. Se busca lastimar y destruir al otro, a quien se le considera un ser inferior merecedor de lo que le suceda.

Se da por un periodo de tiempo prolongado. El acoso puede durar ciclos escolares completos, eso es muy común en los niños con sobrepeso o con los homosexuales. (1).

Ejemplos de acoso en la escuela se remontan a siglos atrás, entonces ¿por qué hasta ahora se le combate?

La sociedad ha dado un vuelco muy importante en materia de derechos humanos, esa puerta abierta ha dejado salir demonios de todos tamaños.

Lo que está sucediendo es que por fin estamos poniendo atención a los daños. En los años 70’s, cuando yo cursaba la primaria, el acoso era un hecho imperturbable, había una condonación generalizada del abuso por parte de maestros y padres de familia, el “bullying” era un rito de iniciación.

Considero importante recalcar que no podemos comparar el sufrimiento de cada persona. El argumento de: “No te quejes, en otros lados están peor”, sirve de muy poco cuando el individuo experimenta dolor físico y emocional.

A ratos parece una competencia de: a ver quién sufre más; todos presumimos nuestras desgracias como más meritorias de compasión que las de otros. Con esa mentalidad, si a la niña le suben la falda en el salón es menos grave que si la golpean y de esa forma se hace legítimo el abuso al minimizar la agresión.

Presumir el sufrimiento es otro tipo de vanidad.

Photo credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/trixer/3531445744/”>trix0r</a&gt; via <a href=”https://visualhunt.com/”>Visualhunt.com</a&gt; / <a href=”http://creativecommons.org/licenses/by/2.0/”>CC BY</a>
  1. Coloroso B. (2010). The Bully, the Bullied and the Bystander. From Preschool to High School- How Parents and Teachers Can Help Break the Cycle of Violence. Harper Collins e-books. US.