Lo que no se quiere ver pero ahí está.

Pocas personas podrán estar en desacuerdo con la sensación de tristeza, enojo y desamparo que tiene uno después de ver las noticias. Contradictoriamente, parecemos estar ávidos de consumir noticias sobre las desgracias humanas, no importa dónde sucedan, entre más crudas más tiempo pasan en las primeras planas y ahora con la posibilidad de demostrar solidaridad con un hashtag, en minutos el mundo sufre con las víctimas y con las naciones afectadas.

El volumen del sufrimiento es directamente proporcional al tamaño de la desgracia y a la cercanía que tengamos con la situación.

Quienes nacimos y vivimos en la Ciudad de México somos más susceptibles cuando hay un terremoto, los neoyorquinos son, casi sin duda, muy solidarios en caso de ataques terroristas masivos.

Nuestro infortunio y solidaridad disminuyen junto con el volumen de la cobertura en medios noticiosos y redes sociales. Esto es normal dado que las emergencias también tienen un ciclo de vida y llega un momento en el cual la reconstrucción se puede estancar por meses y otros temas se vuelven más relevantes. Si se trata de una guerra ya hasta se pasan por alto y se da por hecho que gente va a morir. En lo que va del 2016, las tragedias humanas a nivel local y mundial han sobrepasado la cantidad de encabezados disponibles.

¿Hace daño ver noticias violentas?

Varias personas me han preguntado esto o ha sido tema de conversación en reuniones sociales. Yo no considero que ser testigo del sufrimiento humano haga mal, para mí el daño viene de la indolencia hacia esas noticias.

Hace dos días vi el video del rescate de una niña de unos 3 o 4 años de edad de entre las ruinas en la ciudad de Aleppo en Siria, en el marco de una fallida tregua de menos de una semana. No sé cómo hicieron para encontrarla, el edificio donde estaba enterrada estaba derruido, ignoro qué era antes, pero en ese momento no era más que polvo y piedra. La niña se encontraba totalmente aprisionada, no había hueco ni espacio entre ella y el cascajo. Los hombres empezaron a cavar con las manos y a liberarla; primero su cabeza, luego un brazo y así hasta que salió. Ignoro cuánto tiempo les tomó, ella lloraba y los hombres hablaban el lenguaje universal de la desesperación. Al final del video me puse a llorar, esa mezcla de alivio al verla salir y el dolor de saber que la llevan a un hospital o a un refugio que tal vez sea bombardeado al día siguiente.

¿Me hizo daño?

No.

Me indignó, como me indignan los asesinatos de mujeres en mi país, los desaparecidos, los muertos por su color o ideología y sobre todo y por encima de todo, los líderes y gobernantes culpándose unos a otros con el eterno “quién arrojó la piedra primero” o justificando su inacción con la famosa declaración de: “El ajuste de cuentas”.

No se trata de verlo todo, hay imágenes que lo pueden acompañar a uno hasta la tumba, pero sí es importante saber y estar al tanto, qué más hubiera querido yo que abrazar a esa niña y traerla a vivir conmigo, quitarle el polvo y las heridas, prometerle que nada malo le va a pasar. Eso no me es posible, pero sí puedo proteger a mis hijas y a mí misma, elegir a mis gobernantes después de haberlos escuchado y cuestionado, no usar drogas, no robar, no humillar, no burlarme de los errores filmados y compartidos al instante para acabar con la vida pública y privada de alguien.

Hay que educarse y educar, hay que leer, hay que informarse. Yo lo hago por los miles de seres vivos que sufren y mueren inútilmente a diario. Haz tu parte.

Crédito de imagen de encabezado: Unsplash.com.

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